Erase una vez un hombre que se llamaba Javier que vivía en el campo muy tranquilo en una casa que estaba al lado de un estanque.
Era pescador y cada día salía al puerto para pescar truchas que luego vendía en el mercado.
Un día fue al puerto como todas las mañanas y dejo la caña de pescar y esperó, esperó y esperó,… pero sin éxito. En ese momento empezó a tronar.
Javier estaba triste por no haber pescado nada y pensó que no podía volver a casa.
Hacía mucho viento, el agua empezaba a entrar en el barco.
De pronto algo tiró de la caña de pescar y Javier se puso muy contento y saltó de felicidad.
¡Qué suerte! – gritó.
Cuando empezó a envolver la caña de pescar algo saltó del agua. Era una trucha pero no de tamaño normal, sino muy grande y gorda que tenía los dientes agudos y los ojos muy rojos.
La trucha le atacó al pescador y le mordió en la mano. La sangre de su mano se mezclaba con el agua y el barco se tiño de rojo.
El pescador no sabía qué hacer, estaba aterrado, así que para defenderse le pegó a la trucha con el remo. Ella rompió el remo y chupó la mano de Javier pero no se lo comió.
Javier desapareció en el agua y nadie nunca supo cómo murió el pescador.
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